Hay personas que desaparecen sin dejar rastro. Y hay otras que desaparecen dejando demasiadas pruebas.
La primera vez que escuché hablar de Samuel Varela, estaba sentado en el bar de un hotel.
No recuerdo quién pronunció su nombre.
Solo recuerdo la frase.
—Samuel Varela siempre pide café negro.
Miré hacia la mesa de donde había salido la voz.
Un hombre de unos sesenta años hojeaba un periódico.
—¿Samuel Varela? —pregunté.
El hombre levantó la mirada.
—¿Lo conoce?
—No.
—Entonces no debería preguntar por él.
Sonrió.
Y volvió a su periódico.
Pensé que se trataba de una broma.
Hasta que la camarera apareció con una taza de café.
La dejó sobre la mesa vacía que estaba junto a la ventana.
—Es para el señor Varela.
—¿Dónde está?
La mujer miró hacia la silla.
—Siempre llega tarde.
Aquella noche me alojaba en el Hotel Mirador.
Había viajado por trabajo y debía quedarme tres días.
Mi habitación era la 312.
La 314 estaba frente a la mía.
Durante la primera noche escuché pasos.
Alguien caminaba por el pasillo.
Tres pasos.
Pausa.
Tres pasos.
Pausa.
Después, una puerta se cerró.
Abrí la mía.
El pasillo estaba vacío.
Al día siguiente pregunté en recepción quién ocupaba la 314.
La recepcionista frunció el ceño.
—Nadie.
—¿Está vacía?
—Sí.
—Anoche escuché a alguien entrar.
—Imposible.
Me mostró el registro de huéspedes.
La habitación 314 llevaba seis meses cerrada por una falla en las tuberías.
No había nadie dentro.
Esa misma tarde encontré un papel debajo de mi puerta.
Solo decía:
“No pregunte por Samuel Varela.”
Pensé que alguien estaba jugando conmigo.
Guardé el papel.
Pero esa noche escuché nuevamente los pasos.
Tres.
Pausa.
Tres.
Pausa.
Esta vez escuché también una voz.
—¿Marco?
Me quedé inmóvil.
La voz venía de la habitación 314.
—¿Marco?
No respondí.
—Sé que estás ahí.
Me acerqué a la puerta.
—¿Quién eres?
Silencio.
Después:
—Samuel.
A la mañana siguiente bajé a recepción.
—Quiero saber quién estuvo anoche en la habitación 314.
La recepcionista se puso seria.
—Señor, esa habitación está cerrada.
—Escuché a alguien.
—Puede haber sido una tubería.
—Las tuberías no dicen mi nombre.
La mujer guardó silencio.
Entonces pregunté:
—¿Quién es Samuel Varela?
La expresión de la recepcionista cambió.
Por un instante pareció asustada.
—No conozco a nadie con ese nombre.
—¿Segura?
—Completamente.
Salí del hotel.
Necesitaba respuestas.
Busqué a Samuel en internet.
Encontré muy poco.
Un artículo antiguo mencionaba a un hombre con ese nombre que había desaparecido en 1998.
Tenía treinta y cuatro años.
Trabajaba como periodista.
La última vez que fue visto estaba en el Hotel Mirador.
Leí el artículo dos veces.
Después miré la fecha.
14 de noviembre de 1998.
Habían pasado veintiocho años.
Seguí investigando.
Encontré una fotografía.
Samuel Varela aparecía frente al hotel.
No pude evitar sentir un escalofrío.
Era el mismo hombre que había visto aquella mañana en el bar.
El hombre del periódico.
Regresé al hotel.
El hombre seguía sentado en la misma mesa.
Me acerqué.
—Usted es Samuel Varela.
No levantó la mirada.
—Le dije que no preguntara.
—¿Qué ocurrió en 1998?
Dejó el periódico.
—Lo mismo que está ocurriendo ahora.
—¿Qué significa eso?
—Todavía no lo has entendido.
—¿Entender qué?
Samuel señaló el periódico.
La portada hablaba de un hombre desaparecido.
Yo reconocí el rostro.
Era él.
Samuel Varela.
—Ese periódico tiene veintiocho años —dije.
—Lo sé.
—¿Entonces cómo lo está leyendo?
Samuel sonrió.
—Porque nunca dejó de publicarse.
Sentí que algo no estaba bien.
Miré alrededor.
El bar estaba completamente vacío.
No había camarera.
No había otros huéspedes.
Solo Samuel.
Y yo.
—¿Qué quiere de mí?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué me llamó?
Samuel miró hacia el reloj de la pared.
Marcaba las 11:58.
—Porque dentro de dos minutos vas a entrar en la habitación 314.
—No pienso hacerlo.
—Ya lo hiciste.
Las luces se apagaron.
Cuando volvieron, estaba frente a la puerta de la habitación 314.
No recordaba haberme levantado.
Miré el reloj.
11:59.
La puerta estaba entreabierta.
Entré.
La habitación estaba cubierta de polvo.
Había una máquina de escribir sobre el escritorio.
Y cientos de hojas.
Todas tenían mi nombre.
Tomé la primera.
Decía:
“Hoy llegó Marco.”
La siguiente:
“Marco escuchó los pasos.”
Otra:
“Marco preguntó por Samuel.”
Seguí leyendo.
Había páginas correspondientes a cada momento de los últimos tres días.
Incluso describían cosas que todavía no habían ocurrido.
En la última hoja había una frase:
“A las doce, Marco comprenderá quién es Samuel.”
El reloj comenzó a avanzar.
11:59.
11:59.
11:59.
La aguja de los segundos se detuvo.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—Ahora sí.
Me giré.
Samuel estaba allí.
—¿Quién eres?
Me miró con tristeza.
—Yo soy lo que queda de ti.
Retrocedí.
—Eso no tiene sentido.
—En 1998 tú eras periodista.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—No.
—Viniste a este hotel investigando una desaparición.
—Yo no...
—Encontraste una habitación que no figuraba en los planos.
Miré alrededor.
—La 314.
Samuel asintió.
—Entraste.
—¿Y tú?
—Yo también.
—¿Qué ocurrió?
Samuel señaló las hojas.
—Escribiste todo lo que sucedió.
Tomé una de ellas.
La letra era idéntica a la mía.
—Pero yo no recuerdo esto.
—Porque decidiste olvidar.
Samuel se acercó a la ventana.
—La habitación no pertenece a ningún hotel.
—Entonces, ¿qué es?
—Un lugar donde quedan atrapadas las personas que intentan descubrir quiénes son.
—¿Y tú quedaste atrapado?
Samuel negó con la cabeza.
—No.
Me miró.
—Yo fui quien logró salir.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí?
Sonrió.
—Porque salir no significa regresar.
El reloj marcó las doce.
La habitación comenzó a desaparecer.
Las paredes se volvieron transparentes.
Vi el pasillo.
Vi el bar.
Vi la recepción.
Y entonces comprendí algo.
No estaba viendo el hotel.
Estaba viendo distintos momentos del hotel.
Todos superpuestos.
Samuel se acercó a mí.
—Cuando salgas, no vuelvas a preguntar por mí.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que alguien pregunta por Samuel Varela...
Hizo una pausa.
—...Samuel vuelve a existir.
Abrí los ojos en mi habitación.
Era de madrugada.
El teléfono estaba sobre la mesa.
Tenía una llamada perdida.
De recepción.
Bajé inmediatamente.
La recepcionista me miró sorprendida.
—¿Se encuentra bien?
—¿Quién ocupaba la habitación 314?
—Nadie.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Y Samuel Varela?
Ella buscó en el ordenador.
—No existe ningún huésped con ese nombre.
—Busque mejor.
La mujer negó con la cabeza.
—Señor, aquí no aparece.
Salí del hotel.
Nunca volví.
Pasaron varios meses.
Intenté olvidar aquella historia.
Hasta que una tarde recibí un sobre.
No tenía remitente.
Dentro había una fotografía.
Era una fotografía antigua del Hotel Mirador.
En ella aparecía un hombre frente a la entrada.
Samuel.
Al reverso había una fecha:
14 de noviembre de 1998.
Y debajo una frase:
“Ahora recuerda.”
Volví a mirar la fotografía.
Había algo que no había visto antes.
En una de las ventanas del tercer piso aparecía una persona.
Era yo.
Pero no el yo de 1998.
El yo de ahora.
Miré la fotografía durante varios segundos.
Entonces descubrí algo peor.
El hombre que aparecía junto a Samuel no era Samuel.
Era yo.
Y Samuel estaba detrás de nosotros.
Con una mano sobre mi hombro.
Esa noche busqué nuevamente información sobre Samuel Varela.
Esta vez encontré un artículo diferente.
Era muy breve.
Decía:
“El periodista Samuel Varela desapareció el 14 de noviembre de 1998. Su compañero de investigación, cuyo nombre nunca fue revelado, también desapareció aquella noche.”
Debajo había una fotografía.
La misma.
Solo que ahora podía verla completa.
Samuel estaba a mi lado.
Y detrás de nosotros había un tercer hombre.
Un hombre que yo conocía.
Era el hombre que había visto leyendo el periódico en el bar.
El mismo que me había dicho:
“No debería preguntar por él.”
Nunca regresé al Hotel Mirador.
Pero hay algo que todavía no puedo explicar.
Cada cierto tiempo encuentro una hoja debajo de mi puerta.
Siempre está escrita con mi letra.
Siempre comienza igual:
“Hoy llegó Marco.”
Y siempre termina con una frase diferente.
La última decía:
“Samuel todavía no existe.”
No entendí lo que significaba hasta esta mañana.
Busqué mi nombre en internet.
Apareció un artículo.
La fecha era de 1998.
El título decía:
“Desaparece el periodista Marco....”
Debajo había una fotografía.
Era yo.
Y al pie de la imagen aparecía una frase:
“Su compañero Samuel Varela continúa desaparecido.”
Entonces comprendí la verdad.
Samuel Varela nunca fue el hombre que desapareció.
El hombre que nunca existió fui yo.
Y alguien, desde hace veintiocho años, lleva escribiendo mi historia para que yo pueda recordarla.