Hay preguntas que solo existen para ser repetidas, no para ser respondidas.
¿Es posible arrepentirse de un don que ya no se puede devolver?
Fue la pregunta que subió con él la montaña, como cada vez, aunque él ya no recordaba con certeza cuántas veces había subido, ni si "él" seguía siendo la palabra correcta para referirse a quien llegaba, al cabo de los años, hasta la roca.
El camino no cambiaba. Empezaba en un pueblo sin nombre que no aparecía en ningún mapa reciente, ascendía entre pinos que se iban espaciando hasta desaparecer, y terminaba en un saliente de piedra desnuda donde el aire ya no sabía a nada, solo a frío y a altura. Llegaba siempre al atardecer, nunca antes, porque el águila —según le habían contado, según él mismo había comprobado tantas veces que ya no necesitaba comprobarlo— solo abandonaba su tarea con la última luz, y regresaba con la primera. El crepúsculo era, entre el hambre de un día y el hambre del siguiente, el único intervalo en que Prometeo podía hablar sin que el dolor le arrancara antes la voz que la pregunta.
Lo encontró como siempre: encadenado a la roca con unos grilletes que no parecían de ningún metal conocido, el costado marcado por una herida que se cerraba despacio y volvería a abrirse al amanecer, los ojos fijos en un horizonte que llevaba tres mil años sin ofrecerle nada nuevo que mirar.
El peregrino, por su parte, tampoco estaba del todo seguro de qué era ya. No recordaba con precisión su primera subida, ni la cara que tenía entonces, ni siquiera si aquella cara y la que ahora llevaba pertenecían, en sentido estricto, al mismo hombre. Sabía únicamente que la costumbre de subir se le había transmitido de una forma que no supo nombrar, como se transmite un oficio o una culpa, y que llevaba ese peso con la misma naturalidad con que llevaba las botas gastadas por el camino de piedra.
—Has vuelto —dijo Prometeo, sin sorpresa, casi sin curiosidad, como quien saluda a la lluvia de cada otoño.
—Siempre vuelvo.
—Y siempre traes la misma pregunta.
El peregrino no lo negó. Se sentó en la piedra fría, a una distancia respetuosa de las cadenas, y dejó que el silencio hiciera su parte antes de repetir, en voz baja, la frase que había cargado montaña arriba: ¿mereció la pena?
Prometeo cerró los ojos. No por dolor —o no solo por dolor— sino por algo que, en un dios, quizá fuera lo más parecido al cansancio.
—Depende de a quién le preguntes esta noche —dijo—. Al que robó el fuego, sí. Ese estaba seguro. Ardía de una certeza que no dejaba sitio para la duda: los hombres merecían ver en la oscuridad, aunque fuera a costa de que yo dejara de ver otra cosa que no fuera esta roca. Al que lleva aquí desde entonces, la pregunta ya no significa lo mismo. El fuego se entregó una sola vez. El pago se sigue entregando cada día.
—Eso no es una respuesta.
—No —admitió Prometeo—. Es lo más parecido a una respuesta que puedo darte sin mentir.
El peregrino había memorizado, a fuerza de repetición, cada uno de los modos en que Prometeo esquivaba la pregunta sin negarse del todo a ella. Sabía que insistir no serviría de nada, y sin embargo insistía, porque las preguntas que se repiten durante generaciones dejan de pertenecer a quien las hace: pertenecen al gesto mismo de repetirlas.
—¿Volverías a hacerlo? —probó, cambiando apenas la forma, buscando una grieta distinta en la misma piedra.
Prometeo tardó en responder. Cuando lo hizo, ya no miraba al peregrino, sino más allá de él, hacia el punto exacto del cielo por donde solía llegar el águila.
—Los hombres tienen fuego —dijo—. Tienen luz para leer de noche, para forjar el metal, para calentarse cuando el mundo se pone en su contra. También tienen, gracias a ese mismo fuego, formas nuevas de quemarse los unos a los otros que ni yo, encadenado aquí tres mil años, he terminado de contar. No sé si eso es un don cumplido o una condena que sigo pagando en su nombre sin que ellos lo sepan. Esa es la verdad completa, si la quieres, aunque no sea la que buscabas.
El peregrino sintió, como cada vez, que la pregunta se había respondido y no se había respondido a la vez, que la conversación entera era una forma elaborada de aplazar una certeza que quizá ni el propio Prometeo poseía. Pensó, no por primera vez, que quizá ese fuera el verdadero castigo: no el águila, no el hígado que se regeneraba cada noche para volver a perderse cada día, sino la obligación de responder, siglo tras siglo, a una pregunta que ni él mismo sabía ya si tenía respuesta.
—¿Por qué sigues dejándome subir? —preguntó el peregrino, esta vez con una pregunta que no llevaba preparada—. Podrías negarte a hablar. Podrías callar hasta que me cansara de subir.
Por primera vez en toda la conversación, algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro de Prometeo, aunque el gesto, en esa cara marcada por tres mil años de la misma herida, parecía pertenecer más a la piedra que a él.
—Porque mientras alguien siga subiendo a preguntar si mereció la pena —dijo—, quiere decir que a alguien, todavía, le importa la respuesta. El día que dejen de subir sabré que ya no le importa a nadie. Ese día sí sabré, por fin, si mereció o no la pena. Hasta entonces prefiero seguir sin saberlo.
El sol terminó de irse mientras hablaban, y con él llegó, puntual como siempre, la sombra grande y silenciosa que el peregrino conocía de sobra. No hizo falta que Prometeo dijera nada más. El peregrino se levantó, se sacudió el frío de la piedra de la ropa, y empezó a bajar antes de que el ave llegara del todo, como había hecho todas las veces anteriores, dejando atrás la única pregunta que nunca lograba llevarse consigo del todo resuelta.
A mitad de la bajada, con el pueblo sin nombre todavía lejos y las primeras estrellas abriéndose paso entre las últimas luces del día, se sorprendió pensando ya en la siguiente vez que subiría —porque sabía, sin que nadie se lo hubiera confirmado nunca, que habría una siguiente vez— y en la forma exacta que le daría, entonces, a la misma pregunta de siempre. Quizás esa fuera, después de todo, la única cosa que de verdad se heredaba entre generación y generación: no el fuego, no el conocimiento, sino la pregunta que ese conocimiento había dejado abierta, y el impulso extraño, casi devoto, de seguir subiendo cada cierto tiempo a formularla de nuevo, sabiendo de antemano que la roca, esta vez tampoco, iba a soltar del todo su respuesta.