Autor del Ocaso
Relato de Misterio

El reloj de las 3:17

Hay horas que pertenecen al tiempo. Y hay otras que pertenecen a quienes ya no están. La primera vez que el reloj marcó las 3:17, pensé que se había detenido. Era un reloj antiguo, de esos que funcionan con cuerda y que parecen haber sido fabricados para sobrevivir a sus propios dueños. Lo había comprado en una pequeña tienda de antigüedades sin preguntarle demasiado al propietario por su procedencia.

Por Marco · 09 de agosto de 2026 · 8 min de lectura
El reloj de las 3:17
Hay horas que pertenecen al tiempo. Y hay otras que pertenecen a quienes ya no están.
La primera vez que el reloj marcó las 3:17, pensé que se había detenido.
Era un reloj antiguo, de esos que funcionan con cuerda y que parecen haber sido fabricados para sobrevivir a sus propios dueños. Lo había comprado en una pequeña tienda de antigüedades sin preguntarle demasiado al propietario por su procedencia.
Solo me había dicho una cosa:
—No intente arreglarlo cuando se detenga.
Me pareció una frase extraña.
Ahora sé que debí haber preguntado por qué.
Durante las primeras semanas, el reloj funcionó perfectamente.
Cada noche, a las doce, comenzaba a sonar con un mecanismo delicado y preciso. Las manecillas avanzaban lentamente y el péndulo producía un sonido tranquilizador.
Hasta aquella madrugada.
Me despertó un ruido en la sala.
Toc... toc... toc...
Pensé que alguien había entrado en casa.
Encendí la luz y salí de la habitación.
El reloj estaba detenido.
Las manecillas marcaban las 3:17.
Me acerqué.
El péndulo tampoco se movía.
Lo extraño era que yo recordaba perfectamente haberlo puesto en hora antes de acostarme.
Eran las 3:17.
Exactamente.
Pensé que se había quedado sin cuerda.
Al día siguiente lo llevé a un relojero.
El hombre abrió la parte posterior, examinó el mecanismo y frunció el ceño.
—Está funcionando perfectamente.
—Pero se detuvo anoche.
—¿A qué hora?
—A las 3:17.
El relojero dejó de mover las piezas.
—¿Está seguro?
—Sí.
Me miró durante unos segundos.
Después cerró lentamente la tapa.
—No vuelva a darle cuerda.
No hice caso.
Esa misma noche le di cuerda.
El reloj volvió a funcionar.
Y durante tres días no ocurrió nada.
Hasta el viernes.
A las 3:17 volvió a detenerse.
Esta vez escuché algo más.
Un golpe en la puerta.
Tres golpes.
Toc.
Silencio.
Toc.
Silencio.
Toc.
No abrí.
Esperé varios minutos.
Cuando finalmente miré por la mirilla, no había nadie.
Pero en el suelo encontré un sobre.
No tenía estampilla.
Solo mi nombre.
Lo abrí.
Dentro había una fotografía antigua.
Mostraba una casa.
Mi casa.
La reconocí inmediatamente.
Pero había un problema.
La fotografía parecía tener al menos cincuenta años.
En el reverso había una fecha:
17 de noviembre de 1974.
Y una frase:
“La primera vez siempre parece una coincidencia.”
Pasé el resto de la noche investigando.
Busqué fotografías antiguas del barrio, archivos, mapas y cualquier referencia que pudiera encontrar.
Finalmente descubrí que la casa había pertenecido a un hombre llamado Julián Valverde.
Desapareció en 1974.
Tenía treinta y nueve años.
Nunca encontraron su cuerpo.
Según los periódicos de la época, la última persona que lo vio con vida fue su hija, Elena.
Tenía doce años.
La declaración de la niña me llamó especialmente la atención.
Había dicho:
—Mi papá estaba esperando que el reloj diera las 3:17.
Después dejó de hablar.
Nunca explicó por qué.
A la mañana siguiente regresé a la tienda de antigüedades.
El propietario todavía estaba allí.
Cuando le mostré la fotografía, palideció.
—¿Dónde consiguió eso?
—Estaba dentro del reloj.
—Eso no es posible.
—¿Por qué?
El hombre cerró la puerta de la tienda.
—Porque esa fotografía estaba allí cuando compré el reloj.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Usted conoció a Julián Valverde?
Negó con la cabeza.
—No.
Después de unos segundos añadió:
—Pero conocí a su hija.
Elena.
La niña de la fotografía.
Según él, había vivido hasta los ochenta y cuatro años.
Murió apenas seis meses antes de que yo comprara el reloj.
—¿Y qué tiene que ver ella con esto?
El anciano me miró fijamente.
—Todo.
Sacó una caja de madera de debajo del mostrador.
Dentro había decenas de fotografías.
Todas mostraban el mismo reloj.
En distintas habitaciones.
En distintas casas.
Y en diferentes épocas.
Me quedé mirando una de ellas.
Era imposible.
La fotografía había sido tomada en mi sala.
Y aparecía yo sentado frente al reloj.
La fecha escrita detrás era de tres días después.
—¿Quién tomó esta fotografía?
El anciano respondió:
—Usted.
Regresé a casa antes del anochecer.
Ya no quería saber nada del reloj.
Pensé en tirarlo.
Pero cuando llegué, descubrí que la puerta estaba abierta.
Yo estaba seguro de haberla cerrado.
Entré.
Todo estaba en su lugar.
Excepto el reloj.
Había cambiado de posición.
Ahora estaba frente al espejo del pasillo.
Las manecillas marcaban las 3:16.
Faltaba un minuto.
Retrocedí.
El péndulo comenzó a moverse.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
El reloj empezó a emitir un sonido que nunca había escuchado.
No era el mecanismo.
Parecía una respiración.
Entonces las manecillas llegaron a las 3:17.
La luz de la casa se apagó.
Y el espejo se iluminó.
No reflejaba mi rostro.
Mostraba la misma habitación.
Pero era diferente.
Más vieja.
Las paredes estaban cubiertas de papel tapiz.
Los muebles no eran los míos.
Y frente al reloj había un hombre.
Julián Valverde.
Lo reconocí por las fotografías.
Estaba de pie junto al reloj.
Me miraba.
Levantó lentamente una mano y señaló el interior del mecanismo.
El reflejo desapareció.
La luz volvió.
Me acerqué al reloj.
La puerta de cristal estaba abierta.
Dentro encontré una pequeña llave.
Y una inscripción grabada en metal:
“Para volver, primero hay que recordar.”
No dormí.
A las 6:00 de la mañana decidí llevar el reloj al sótano.
Quería desmontarlo.
Cuando retiré la parte posterior encontré algo que no debería haber estado allí.
Una segunda fotografía.
Esta vez no era de la casa.
Era de una habitación desconocida.
En el centro había una mesa.
Sobre la mesa estaba el reloj.
Y junto a él, una niña.
Elena.
En el reverso había una frase:
“Mi padre no desapareció. Llegó tarde.”
Debajo aparecía una fecha.
17 de noviembre de 1974.
Y una hora.
3:17.
Entonces comprendí.
El reloj no viajaba por el tiempo.
Abría una puerta.
Una puerta que solo permanecía abierta durante un minuto.
A las 3:17.
Esa noche esperé.
No sabía qué buscaba.
Tal vez respuestas.
Tal vez a Julián.
Tal vez algo que todavía no podía comprender.
Cuando el reloj llegó a las 3:16, sostuve la pequeña llave entre los dedos.
A las 3:17 la introduje en una cerradura que apareció detrás del reloj.
Giré.
El sonido fue casi imperceptible.
El mundo desapareció.
Durante unos segundos no vi nada.
Después apareció una habitación.
La misma de la fotografía.
Julián estaba allí.
Más joven.
Asustado.
Me miró como si me hubiera estado esperando durante años.
—¿Eres tú? —preguntó.
No supe qué responder.
—¿Quién eres?
Julián señaló el reloj.
—El último.
—¿El último qué?
Miró hacia la puerta.
—El último que puede cerrarlo.
Entonces escuchamos pasos.
Alguien se acercaba.
Julián tomó mi brazo.
—Escúchame. Cuando vuelvas, no permitas que el reloj vuelva a marcar las 3:17.
—¿Cómo lo detengo?
Me entregó una fotografía.
—Ya lo hiciste una vez.
Antes de que pudiera preguntar qué significaba, escuché una voz.
Era la voz de Elena.
Una niña.
—Papá.
Julián cerró los ojos.
—Ya viene.
La habitación comenzó a desvanecerse.
Sentí que alguien me empujaba.
Caí al suelo.
Cuando abrí los ojos estaba nuevamente en mi sala.
El reloj estaba frente a mí.
Las manecillas marcaban las 3:18.
Por primera vez había pasado de las 3:17.
Pensé que todo había terminado.
Entonces miré la fotografía que Julián me había entregado.
Era una imagen reciente.
Mi casa.
Mi sala.
El reloj.
Y yo dormido en el sofá.
Pero detrás de mí había alguien.
Una niña.
Elena.
En el reverso había una última frase:
“Gracias por devolverme a mi padre.”
Desde aquella noche el reloj funciona perfectamente.
Nunca vuelve a detenerse.
Nunca vuelve a marcar las 3:17.
Al menos no mientras estoy despierto.
Pero hace una semana descubrí algo.
El reloj tiene una segunda manecilla.
Una que nunca había visto.
Una pequeña aguja escondida detrás de las otras.
Avanza únicamente cuando duermo.
Y anoche, antes de acostarme, miré la hora.
Marcaba las 3:16.
Esta mañana encontré una fotografía debajo de mi almohada.
No muestra mi casa.
No muestra el reloj.
Muestra una calle que no reconozco.
Al fondo hay una mujer parada frente a una puerta.
Parece estar esperando a alguien.
En el reverso hay una fecha.
17 de noviembre de 2026.
Y debajo, una frase escrita con mi propia letra:
“Esta vez no llegues tarde.”