Restauro relojes en ciudades que ya no existen. Nadie me ha preguntado nunca por qué siguen dando la hora.
El tiempo no se detiene: lo abandonan.
Lo supe la primera vez que entré en Ceniza, hace no sé cuántos años —la Oficina anota las fechas de cada misión, nunca la distancia entre ellas—. Ceniza es una ciudad disuelta, como Alcora, como Ferrén, como las otras doce que llevo anotadas en mi cuaderno de bitácora con una letra que cada vez se parece menos a la mía. Disuelta significa que alguien, en un despacho sin ventanas, decidió que ya no merecía existir en los registros. Se la retira del mapa, del catastro, de las rutas de los satélites. Se la condena al olvido administrativo. Pero el olvido administrativo tiene una cláusula extraña: mientras un solo reloj público siga funcionando dentro de sus límites, la ciudad se clasifica como latente, no como extinguida. Alguien tiene que ir a darle cuerda a esos relojes.
Ese alguien soy yo.
Llevo un maletín de cuero con herramientas que ya casi nadie sabe nombrar: una llave maestra, un juego de destornilladores de relojero, un cuaderno donde anoto la hora exacta en que encuentro cada reloj detenido, como si esa cifra fuera a explicarle algo a alguien, algún día. La Oficina me entrega las coordenadas, nunca un nombre completo de calle, y yo camino desde el límite de la zona disuelta hasta el centro, contando manzanas, contando fachadas ciegas, contando el tiempo que tardo en dejar de sentirme un intruso y empezar a sentirme, sencillamente, en casa.
Entro siempre por la misma calle, aunque el informe de cada misión indique una ciudad distinta. Los adoquines de Ceniza tienen una fisura junto a la tercera farola que reconocería con los ojos cerrados. Hay una panadería con el rótulo a medio caer —Hor... de Le...— y, si me detengo el tiempo suficiente frente al escaparate roto, juraría que huele a pan. No debería. Nadie ha encendido un horno en esta ciudad desde antes de que yo naciera, según los archivos. Y sin embargo el olor está ahí, tan puntual como yo, esperándome en el mismo punto exacto de la acera, como si la ciudad supiera de antemano dónde voy a detenerme a respirar hondo antes de seguir.
La plaza mayor se abre después de la panadería, y en el centro, la torre. Un reloj de piedra ennegrecida, con las manecillas detenidas —siempre, en cada visita, en cada informe, en cada ciudad con nombre distinto— a las seis y cuarenta y siete. La Oficina lo llama "el patrón de parada", como si fuera un accidente estadístico y no algo que debería inquietarnos a todos. A mí me inquieta. Cada vez que subo la escalera de caracol hasta el mecanismo, cada vez que fuerzo el engranaje principal y las manecillas retoman su marcha con un chasquido seco, pienso lo mismo: esta vez será distinto. Y cada vez, en la siguiente misión —sea Ceniza, sea Alcora, sea cualquiera de los nombres que ya no distingo del todo—, encuentro las manecillas otra vez inmóviles. Otra vez las seis y cuarenta y siete, como si el reloj llevara toda su vida esperando exactamente ese minuto para negarse a cruzarlo.
He aprendido a no hacerme preguntas mientras subo esa escalera. Es un hábito de supervivencia, algo que uno desarrolla cuando el trabajo consiste en visitar, una y otra vez, lugares que oficialmente ya no están en ninguna parte. Cuento los escalones. Reviso las herramientas. Pienso en la siguiente misión, en el siguiente nombre de ciudad que memorizaré durante unas semanas hasta que se disuelva también él, en mi memoria, con la misma facilidad con que se disolvió Ceniza en los registros del catastro.
Antes de subir a la torre, siempre camino un rato más de lo estrictamente necesario. Paso por la escuela derruida, dos calles al norte de la plaza, donde los pupitres siguen alineados bajo un techo que hace tiempo dejó de proteger de la lluvia. Paso por lo que fue, según un cartel oxidado, una relojería —el detalle nunca me pareció significativo hasta hoy—. Camino por Ceniza como quien recorre la casa de otra persona sabiendo, sin poder explicar cómo, dónde cruje cada tabla del suelo. Le llamo profesionalidad. Le llamo memoria muscular del oficio. Nunca, hasta esta tarde, le había llamado por su nombre correcto.
Nunca, hasta hoy, había mirado dentro del mecanismo. Solo lo forzaba desde fuera, con la llave que la Oficina me entrega antes de cada expedición, una llave que pesa más de lo que debería un objeto tan pequeño. Pero esta vez, al subir, encontré la trampilla del reloj entreabierta —no recuerdo haberla dejado así en ninguna visita anterior, aunque tampoco recuerdo con certeza cuántas visitas anteriores hubo—. Entré.
El mecanismo no era de bronce. Eso fue lo primero que noté, antes incluso de que mis ojos se acostumbraran a la penumbra. Bajo el polvo y las telarañas de escenografía, los engranajes latían. No giraban: latían, con un pulso húmedo y regular, como si alguien hubiera injertado un corazón dentro de la maquinaria de un reloj de plaza. Cables finos, casi orgánicos, ascendían desde una base metálica hasta las manecillas, y donde debería haber un contrapeso había, en cambio, una cápsula de cristal empañado, del tamaño de un ataúd pequeño, con una etiqueta pegada en un lateral.
No necesité limpiar el polvo para leer mi nombre.
Debajo, una fecha. No la fecha de la disolución de Ceniza, que figura en todos mis informes. Era una fecha que aún no había llegado. O que, según cómo se mire, llevaba llegando cuarenta y siete minutos cada tarde de mi vida entera.
Solté la llave. El sonido metálico contra la piedra me devolvió, un poco, a algo parecido a la calma. Me quedé de pie frente a la cápsula, sin tocarla, escuchando ese pulso húmedo que ya no podía confundir con el tictac de ningún reloj normal.
Recordé entonces —o creí recordar, que a estas alturas es la única forma de memoria que me queda— un detalle que había archivado como irrelevante en media docena de misiones distintas. El escaparate de la tienda de ropa, dos calles antes de la plaza: una chaqueta gris, cortada a mi talla exacta, colgada como si esperara a que alguien la reclamara. El cuaderno de dibujos infantil que encontré una vez bajo los escombros de una escuela, con bocetos de una torre de reloj que un niño no debería haber sabido dibujar con tanta precisión, en un trazo que se parecía, con una fidelidad que entonces preferí no examinar, al mío. La fotografía a medio quemar que guardo en el bolsillo interior del abrigo desde hace tantas misiones que ya no sé si la encontré o si siempre la he llevado: un niño de pie junto a esta misma torre, sonriendo a alguien fuera del encuadre, con las manecillas del reloj detrás de él marcando —cómo no— las seis y cuarenta y siete.
Cada uno de esos detalles, por separado, cabía en la explicación razonable que yo mismo me había dado tantas veces: coincidencia, fatiga, el efecto natural de pasar demasiadas horas en ciudades vacías. Juntos, alrededor de esta cápsula, dejaban de caber en ninguna explicación que no incluyera mi propio nombre.
La Oficina existe, estoy seguro de eso. Tiene un edificio, tiene formularios, tiene una mujer detrás de un cristal que me entrega la llave sin mirarme a los ojos. Lo que ya no puedo jurar es que ese edificio esté en ningún sitio al que se pueda llegar desde aquí. Quizá la Oficina no envía relojeros a las ciudades disueltas. Quizá fabrica, para el único habitante que le queda a una sola ciudad disuelta, la ilusión ordenada de un oficio, de un mapa con doce ciudades distintas, de una vida que avanza y regresa, avanza y regresa, para que ese habitante no tenga que enfrentarse de golpe a la pregunta de qué queda cuando ya no queda nadie más a quien contarle la hora.
No sé si esto es piedad o es condena. Empiezo a sospechar que, a cierta profundidad, dejan de ser cosas distintas.
Me senté en el suelo de la torre, junto al mecanismo abierto, con la cápsula de cristal empañado latiendo despacio a mi lado como si respirara. Fuera, el sol de Ceniza —el único sol, empiezo a admitir, que existe ya para mí— empezaba a bajar sobre los tejados sin nombre, y su luz entraba por los ventanales rotos de la torre pintando el polvo suspendido de un color entre el cobre y la herida. Tenía la llave en la mano. Sé exactamente qué gesto hace falta para cerrar la trampilla, forzar el engranaje, devolver las manecillas a su marcha, y marcharme de aquí convencido, otra vez, de que mañana me esperará una ciudad distinta con un nombre distinto y un informe distinto que rellenar. Es un gesto que mis manos conocen mejor que mi memoria conoce las razones de ese gesto.
También sé, por primera vez con esta claridad, que si dejo el mecanismo abierto esta noche, no habrá ningún tren de vuelta a ninguna Oficina. No habrá más ciudades con nombres que no eran Ceniza. Solo esta plaza, esta torre, esta luz que ya está cayendo del color del cobre viejo al color de la ceniza que le da nombre al lugar.
Pienso en las doce ciudades de mi cuaderno de bitácora, en Alcora, en Ferrén, en todas las que hasta hoy creí distintas entre sí. Pienso en si alguna vez existieron fuera de este cuaderno, o si son solo los doce nombres que necesitaba darle a los doce regresos que ya llevo dando, sin saberlo, al mismo lugar.
Cierro los ojos. Apoyo la mano sobre el engranaje tibio, que sigue latiendo bajo mis dedos como algo que todavía no ha decidido si quiere ser máquina o quiere ser corazón.
Y por primera vez en no sé cuántas misiones, no logro recordar cuál de las dos horas es la verdadera: si son las seis y cuarenta y siete de una tarde que ya viví, o las seis y cuarenta y siete de una tarde que llevo cuarenta y siete minutos, toda mi vida, a punto de empezar.