Llevo toda la vida de pie junto a la puerta. Nunca me había preguntado qué pasaría si alguien más ocupara ese sitio.
Uno no elige su lugar en el mundo: elige, mucho antes, su lugar en la habitación.
Lo he hecho toda mi vida sin saber que lo hacía. En cada fiesta, en cada comida familiar, en cada reunión de trabajo que se alargaba más de lo necesario, he encontrado, casi sin buscarlo, el mismo sitio: de pie, junto a la puerta, con la espalda apoyada en el marco y la sala entera al alcance de los ojos. Nunca en el centro. Lo bastante cerca para participar si alguien me llamaba, lo bastante lejos para no tener que hacerlo si nadie lo hacía.
Durante años até esto a una explicación razonable. Soy tímido, me decía. Soy observador, me corregí más tarde, cuando timidez empezó a sonarme a defecto y necesité una palabra con mejor prensa. Ahora sospecho que la explicación siempre fue al revés. No estoy junto a la puerta porque sea observador. Me he vuelto observador porque llevo tanto tiempo junto a la puerta que ya no recuerdo cómo se mira una sala desde dentro de ella.
De niño, en las comidas de Navidad en casa de mis abuelos, mientras mis primos ocupaban el salón entero con juegos que exigían correr, gritar y caerse sin motivo aparente, yo me quedaba en el umbral, entre el pasillo y la sala, mirando. Nadie me lo pidió. Nadie me apartó de nada. Simplemente descubrí, muy pronto, que desde ahí podía ver el juego entero sin tener que arriesgarme a jugarlo mal, y que esa certeza —la de no fallar delante de nadie— me resultaba más valiosa que la de divertirme. Mi abuela, que veía estas cosas antes que nadie, me llamaba «el vigilante». Lo decía con cariño. Yo lo recibía como un título, no como una advertencia.
Años más tarde encontré, revisando fotografías familiares, media docena de imágenes donde aparezco siempre en el mismo lugar del encuadre: al fondo, junto al marco de alguna puerta, medio cuerpo dentro de la escena y medio cuerpo fuera de ella, como si incluso la cámara hubiera aprendido a esperarme ahí.
El hábito me siguió a todas partes porque los hábitos, cuando se instalan lo bastante pronto, dejan de parecer hábitos y empiezan a parecer temperamento. En el colegio era el último en incorporarse a los corros del patio y el primero en encontrar una excusa razonable para quedarme cerca de la puerta del aula cuando el resto salía en desbandada. En la universidad, en las fiestas donde se suponía que debía estar haciendo amigos, encontraba la cocina, o el pasillo, o el balcón: cualquier margen desde el que pudiera ver la fiesta sin estar exactamente dentro de ella. Aprendí a hablar de esto como quien habla de una virtud discreta. Prefiero las conversaciones pequeñas, decía. Las multitudes me agotan, decía también, y no era mentira, solo era una manera cómoda de no preguntarme por qué llevaba tantos años practicando, sin proponérmelo, la misma coreografía del borde.
En el trabajo, con los años, aprendí a sentarme siempre en la silla más próxima a la puerta de la sala de reuniones, la que nadie más quería porque obligaba a girar el cuello para ver la pantalla. A mí me convenía exactamente por lo contrario de lo que a los demás les incomodaba: desde ahí veía entrar y salir a todo el mundo, y podía, si la reunión se alargaba sin necesidad, desaparecer antes de que nadie reparase en mi ausencia.
En mi propia boda —lo cuento con la vergüenza suficiente como para no adornarlo— pasé más tiempo cerca de la puerta del salón, saludando a quien entraba, que bailando en el centro con la persona con la que acababa de casarme. Ella me encontró allí, a media celebración, con la copa todavía llena y la corbata ya floja, y no dijo nada. Se quedó un rato conmigo, junto al marco, mirando la fiesta desde donde yo la miraba. Creo que en ese gesto había más amor del que yo supe agradecerle entonces: no me pidió que fuera al centro. Vino a hacerme compañía en el borde.
Recuerdo con especial nitidez el funeral de un compañero de trabajo, hace unos ocho años, un hombre con el que apenas había cruzado más de cien frases en total durante los años que compartimos oficina. Me sorprendió encontrarme, junto a la puerta de la sala, a otras dos o tres personas que tampoco lo conocían mucho más que yo, todas con la misma postura, todas con la misma distancia calculada respecto al centro. Nadie lo comentó en voz alta. Nadie tenía por qué. Pero recuerdo haber pensado, por primera vez con esas palabras exactas, que existía todo un gremio silencioso de gente que se organiza el duelo ajeno desde el margen, y que probablemente yo llevaba años siendo miembro fundador sin saberlo.
He estado, desde entonces, en muchos velatorios. Es una de las pocas certezas de hacerse mayor: el número de habitaciones con ataúdes que uno atraviesa aumenta cada década, mientras que el número de fiestas disminuye en la misma proporción, como si la vida fuera canjeando un tipo de reunión por otro sin pedir permiso. En todos esos velatorios he encontrado, sin buscarlo, el mismo sitio de siempre. Junto a la puerta. Con la sala entera —el ataúd, las coronas, los abrazos que se dan en el centro entre quienes más han perdido— al alcance de los ojos, y a una distancia prudente de tener que dar o recibir ninguno de esos abrazos. Me decía a mí mismo que estaba ahí para recibir a la gente, para indicarles dónde firmar el libro de condolencias, para hacerme útil de la única manera que sabía.
Nunca me pregunté, hasta hace tres semanas, qué parte de mí necesitaba de verdad esa utilidad, y qué parte simplemente la usaba de excusa.
Hace tres semanas enterré a mi madre. Llegué al tanatorio con tiempo de sobra, como hago siempre, calculando de antemano dónde iba a colocarme. El sitio junto a la puerta de la sala donde la velaban estaba ya ocupado.
Lo ocupaba mi sobrino, el hijo de mi hermana, quince años, con las manos en los bolsillos y la mirada puesta en la sala entera desde el marco de la puerta, exactamente en el ángulo que yo llevo perfeccionando desde que tenía su edad. Me acerqué a saludarlo. Le puse una mano en el hombro. Noté que se apartaba un centímetro, sin dejar de mirar hacia dentro, para no perder el ángulo de visión que mi cuerpo le estaba tapando. Fue un gesto pequeño, casi nada, pero lo reconocí enseguida porque es el mismo gesto que yo llevo haciendo toda la vida cuando alguien se coloca entre la sala y yo.
No dije nada. No hacía falta decir nada: el sitio era suyo esa tarde, con una legitimidad que yo no tenía ánimo de disputarle, y por primera vez en no sé cuántos años me quedé sin margen desde el que mirar. Caminé hacia el centro de la sala, entre las sillas, entre la gente que se abrazaba y lloraba y se contaba en voz baja anécdotas de mi madre que yo no conocía, hasta quedarme de pie, sin saber muy bien qué hacer con los brazos, a menos de un metro del ataúd.
Desde allí la sala era otra. No mejor, no peor: otra. Vi el color exacto de las flores que había elegido mi hermana, un tono de rosa pálido en el que nunca me había fijado de cerca. Sentí el calor de los cuerpos apretados unos contra otros, un calor que desde la puerta nunca me había llegado. Oí, sin quererlo, fragmentos de conversaciones que en el umbral solo me habrían llegado como rumor de fondo: una prima contando que mi madre le enseñó a hacer la tortilla, un vecino recordando una discusión de hace veinte años que terminó, según él, en la mejor amistad de su vida. Cosas que llevaban circulando por esa sala toda la tarde, quizá toda la vida de mi madre, sin que yo, desde mi puesto de siempre, hubiera llegado a escuchar ninguna. Alguien me tomó la mano. No recuerdo quién. Por una vez, no me importó no saberlo.
Me quedé ahí, en el centro exacto de la sala, durante lo que me pareció mucho más tiempo del que realmente pasó. Nadie pareció extrañarse de verme allí, lo cual, pensándolo después, resultaba casi más inquietante que si alguien lo hubiera comentado: como si el resto de mi familia hubiera dado por hecho, todos estos años, que aquel era mi sitio natural, y solo yo hubiera necesitado media vida y una puerta ocupada por otro para descubrirlo.
No sé si lo que sentí allí, en medio de la sala, fue alivio o vértigo. Puede que no haya diferencia real entre los dos, solo la costumbre de llamarlos de formas distintas según el sitio desde el que a uno le toque sentirlos. Llevaba tanto tiempo mirando el dolor ajeno desde un margen seguro que había olvidado que el dolor propio, cuando por fin llega, no deja márgenes donde ponerse.
Cuando terminó el velatorio busqué a mi sobrino con la mirada. Seguía en la puerta, en el mismo sitio, ahora vacío de familia y lleno solo de la luz de la calle entrando en ángulo recto. No supe si acercarme a decirle algo —qué le iba a decir, que abandonara ese sitio antes de que se le hiciera casa, como se me hizo a mí— o dejarlo ahí, aprendiendo lo que sea que cada uno tenga que aprender desde el lugar que elige sin saber que lo elige. Me quedé donde estaba, en mitad de la sala, sin saber tampoco yo, todavía, si el sitio junto a la puerta me esperará la próxima vez, o si ya he empezado, sin proponérmelo, a acostumbrarme al centro.