Hay lugares que no están embrujados. Simplemente han aprendido a esperar.
La primera noche no escuché nada extraño.
Eso fue lo que más me inquietó después.
La habitación era pequeña, rectangular y perfectamente normal. Una cama, un escritorio, un armario antiguo y una ventana que daba a un edificio abandonado. El apartamento llevaba varios años vacío y lo había alquilado porque necesitaba un lugar tranquilo para terminar un trabajo que se había retrasado demasiado. El propietario me entregó las llaves un viernes por la tarde y, antes de irse, me dijo que procurara no mover los muebles.
No explicó por qué.
Pensé que se trataba de una de esas advertencias absurdas que acompañan a los apartamentos viejos.
La habitación estaba al fondo del pasillo.
No tenía nada especial, excepto por una pequeña ventana interior situada detrás del armario. No daba al exterior, sino a un espacio estrecho entre las paredes del edificio. Era demasiado pequeña para una persona y no parecía tener ninguna función.
La primera noche dormí perfectamente.
La segunda también.
La tercera comenzó el problema.
A las 3:12 de la madrugada escuché un sonido.
Era muy suave.
Una especie de respiración.
Abrí los ojos y permanecí inmóvil.
Inspiración.
Pausa.
Exhalación.
Esperé unos segundos.
Otra vez.
Inspiración.
Pausa.
Exhalación.
Pensé que podía ser una tubería.
Me levanté, encendí la luz y recorrí el apartamento. No encontré nada.
Cuando regresé a la habitación, el sonido había desaparecido.
No volví a pensar en él hasta la noche siguiente.
A las 3:12 regresó.
Esta vez era más evidente.
Venía de detrás del armario.
Me acerqué.
El sonido se detuvo.
Esperé.
Nada.
Toqué la pared.
Tres golpes.
El sonido respondió.
Tres golpes.
Retrocedí.
Volví a tocar.
Dos golpes.
La pared respondió con dos golpes.
No dormí esa noche.
A la mañana siguiente llamé al propietario.
Le expliqué lo ocurrido.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿La habitación del fondo? —preguntó.
—Sí.
—¿Movió el armario?
—No.
—Bien.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—¿Hay algo detrás de la pared?
Otra pausa.
—No debería haber nada.
La respuesta me molestó.
—¿Qué quiere decir con “no debería”?
—Que el edificio es antiguo.
Y colgó.
Durante el resto del día intenté convencerme de que todo tenía una explicación.
Las casas viejas hacen ruido.
Las tuberías vibran.
Los cambios de temperatura producen sonidos.
El cerebro humano completa patrones cuando no comprende algo.
Era una explicación razonable.
Hasta que encontré una palabra escrita en la pared.
Estaba detrás del armario.
Tuve que moverlo unos centímetros para verla.
Era una sola palabra.
DESPIERTA.
La pintura parecía tan antigua como la pared.
No había sido escrita recientemente.
Y debajo había otra frase, casi invisible:
NO RESPONDAS CUANDO TE LLAME.
Esa noche decidí dormir en el sofá.
A las 3:12 escuché la respiración.
Pero esta vez no venía de la habitación.
Venía del pasillo.
Inspiración.
Pausa.
Exhalación.
Inspiración.
Pausa.
Exhalación.
Me quedé sentado.
Entonces escuché mi nombre.
—Marco.
No respondí.
—Marco.
La voz era baja.
Parecía venir de la habitación.
Me levanté.
No sé por qué.
Tal vez porque una parte de mí necesitaba demostrar que todo aquello era una ilusión.
Abrí la puerta.
La habitación estaba vacía.
Pero el armario estaba abierto.
Yo recordaba haberlo cerrado.
Dentro no había ropa.
Había una puerta.
Una puerta pequeña.
No sabía que existía.
Me acerqué.
Tenía la misma altura que una persona.
Y respiraba.
El sonido venía de allí.
Inspiración.
Pausa.
Exhalación.
Retrocedí.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
No la toqué.
No la empujó nadie.
Simplemente se abrió.
Detrás había una habitación idéntica a la mía.
La misma cama.
El mismo escritorio.
La misma ventana.
El mismo armario.
Todo estaba exactamente en el mismo lugar.
Excepto por una diferencia.
Había alguien sentado sobre la cama.
Era yo.
Cerré la puerta.
Corrí hacia la sala.
Encendí todas las luces.
No volví a acercarme a la habitación.
A la mañana siguiente llamé al propietario.
No contestó.
Lo llamé nuevamente.
Nada.
Busqué su número en internet.
No aparecía.
Entonces revisé el contrato de alquiler.
El nombre del propietario era diferente al que yo recordaba.
La dirección de la propiedad también.
Pensé que estaba confundido.
Busqué mis documentos.
Encontré una fotografía de mi apartamento.
Había sido tomada antes de que yo me mudara.
En la fotografía aparecía la habitación.
Y en el fondo, junto al armario, había una persona.
Yo.
Sentí un frío extraño.
La fotografía estaba fechada seis meses antes.
No podía ser yo.
Todavía no vivía allí.
Salí del apartamento.
Fui a un café cercano y pasé varias horas intentando ordenar mis pensamientos.
Cuando regresé, la puerta estaba abierta.
No recordaba haberla dejado así.
Entré.
El apartamento estaba exactamente como lo había dejado.
Excepto por una cosa.
Sobre el escritorio había una hoja de papel.
La reconocí inmediatamente.
Era una página de mi cuaderno.
La primera línea estaba escrita con mi letra:
“La habitación respira cuando alguien la recuerda.”
Debajo había varias páginas.
Las leí.
Contaban lo que había ocurrido durante los últimos días.
La primera noche.
La respiración.
Los golpes.
La palabra en la pared.
La puerta.
La habitación idéntica.
Todo.
Pero al final había algo que no reconocía.
Una fecha.
Mañana.
Y debajo:
“Esta vez no abras la puerta.”
Esa noche no dormí.
A las 3:11 estaba sentado en la sala.
A las 3:12 comenzó la respiración.
Pero ya no venía de la habitación.
Venía de detrás de mí.
No me giré.
Inspiración.
Pausa.
Exhalación.
Después escuché mi propia voz.
—Marco.
Cerré los ojos.
—No respondas.
Era mi voz.
Pero no era yo quien estaba hablando.
—Marco, mírame.
No lo hice.
La voz comenzó a reír.
Después dijo:
—Sabes que ya me viste.
El apartamento quedó completamente silencioso.
Entonces escuché pasos.
Uno.
Dos.
Tres.
Se detuvieron detrás de mí.
Sentí que alguien estaba parado a pocos centímetros de mi espalda.
No me moví.
Durante varios minutos no ocurrió nada.
Finalmente escuché:
—Puedes abrir los ojos.
No lo hice.
—Puedes hacerlo.
No lo hice.
—Porque ya estás despierto.
Abrí los ojos.
Estaba en mi cama.
Era de mañana.
La luz entraba por la ventana.
Durante unos segundos pensé que todo había sido un sueño.
Hasta que vi el escritorio.
Sobre él estaba mi cuaderno.
Lo abrí.
Había una nueva página.
“No recuerdas haber vuelto.”
Me levanté lentamente.
Recorrí el apartamento.
La puerta de la habitación estaba cerrada.
El armario también.
No había ninguna puerta detrás.
No había ninguna palabra en la pared.
Todo parecía normal.
Entonces encontré algo que no podía explicar.
Una fotografía sobre la mesa.
Mostraba el apartamento.
En la imagen aparecía yo durmiendo en la cama.
La fotografía había sido tomada desde la puerta.
Miré la fecha.
Era de esa misma noche.
Me acerqué a la ventana.
El edificio abandonado de enfrente tenía las luces encendidas.
Yo nunca había visto luces allí.
En una de las ventanas había una persona.
Me observaba.
Levantó lentamente una mano.
Yo levanté la mía.
La persona hizo exactamente el mismo movimiento.
Entonces comprendí que no estaba frente a una ventana.
Estaba frente a un espejo.
Salí corriendo del apartamento.
Bajé las escaleras.
Llegué a la calle.
La ciudad parecía completamente normal.
Personas caminando.
Automóviles.
Tiendas abiertas.
Ruido.
Luz.
Me senté en una banca y respiré profundamente.
Había salido.
Había terminado.
Al menos eso pensé.
Hasta que una mujer se sentó a mi lado.
No la conocía.
Miró hacia el edificio y preguntó:
—¿Ya terminó?
—¿Qué cosa?
Ella me observó.
—La habitación.
No respondí.
La mujer sonrió.
—Todos terminan preguntando lo mismo.
—¿Qué es ese lugar?
—No lo sé.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí?
Ella miró el edificio.
—Mucho.
—¿Y por qué me ocurrió a mí?
La mujer permaneció en silencio.
Después dijo:
—Porque tú la construiste.
Sentí que el aire desaparecía.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que sí.
Se levantó.
Antes de marcharse añadió:
—La primera vez que entraste tenías nueve años.
No recordaba haber vivido allí de niño.
Pero cuando regresé al apartamento, encontré una fotografía antigua.
Un niño estaba sentado sobre la cama.
Tenía nueve años.
Era yo.
A su lado estaba mi madre.
Y detrás de ellos estaba el armario.
La misma habitación.
La misma ventana.
La misma pared.
En el reverso de la fotografía había una frase escrita por mi madre:
“Marco dice que hay alguien detrás de la pared.”
Sentí que algo se rompía dentro de mi memoria.
Entonces comenzaron a regresar los recuerdos.
No había alquilado aquel apartamento.
Nunca había hablado con ningún propietario.
Nunca había firmado un contrato.
Había llegado allí porque recordaba haber vivido allí.
Pero aquello tampoco era cierto.
La habitación no existía en el edificio.
El edificio no existía como yo lo recordaba.
Y las personas que había conocido durante aquellos días tampoco existían.
Eran recuerdos.
Fragmentos.
Voces.
Pedazos de una infancia que mi mente había cerrado durante años.
La habitación no estaba detrás del armario.
La habitación estaba dentro de mí.
Y había estado esperando que regresara.
Volví a mirar la fotografía.
El niño de nueve años estaba mirando hacia la cámara.
Pero ahora había algo diferente.
Detrás de él, en la pared, podía verse una puerta.
Una puerta que no estaba allí cuando tomé la fotografía.
Me acerqué.
La imagen parecía moverse.
El niño levantó lentamente la mano.
Y señaló hacia mí.
Entonces escuché la respiración.
Inspiración.
Pausa.
Exhalación.
Esta vez no venía de detrás de la pared.
Venía de mi propia habitación.
Y comprendí, demasiado tarde, por qué aquella voz había insistido durante tantas noches en que despertara.
No quería entrar.
Quería salir.